Autobiografía: ¿Cómo evitar el nihilismo sin morir en el intento?

escrito por Rodrigo

Hacer una autobiografía ha resultado algo más laborioso de lo que pensaba ya que pensar en mi como persona y no como personaje es algo nuevo para mis intereses literarios, además que la cronología de mi vida puede resultar un poco aburrida (nací, crecí y estoy casi seguro que algún día me moriré). Así que mejor, con toda la astucia que tantos años de dedicarme a esto de la palabra escrita me ha dado, borré todos mis avances y comencé esta diatriba cuasi-improvisada sobre algo que ha definido los últimos años de mi vida. ¿Cómo evito el nihilismo sin morir en el intento?.

Primero que nada tengo que aceptar mi completo y burdo ateísmo. Desde aquellas fatídicas clases de catecismo comprendí que eso no era lo mío, que no podía creer en un dios que me obligase a esforzarme en fin de semana, si él descansó el séptimo día ¿por qué yo no?. Sin embargo me lo quedé callado por bastante tiempo por miedo a represalias paternas y a que mi abuelo, el gran político priista (otra institución en la que no creo) me había prometido un gran regalo de primera comunión (fue ropa, mal y de malas). Aunado a que años atrás, a una edad en la que un niño no debería, descubrí el escondite de los regalos de Santa Clos, en mi baño, sin envolver, de ahí en adelante, la navidad sólo consistió en recibir dinero en efectivo para ir a comprar yo mismo mis regalos. Desde ahí puedo trazar el nihilismo tratando de hacer mella en mi psique social, eso de creer por creer dejó de ir conmigo.

Durante mi tormentosa adolescencia, donde adolecí y causé dolor, llegué a la cúspide de mi negación a todo. Era un chamaco punk. De esos que si me viera ahorita, me daría un puñetazo en la cara, sólo por malcriado. Mi ateísmo se volvió completamente confrontacional, mi militancia apolítica un estandarte del cuál estaba orgulloso y mi ignorancia la defendía a capa y espada. Todo eso porque era virgen y ninguna mujer me hacía caso.

Tengo que admitirlo, cuándo una bondadosa mujer llena de lástima hacia mi, me abrió las puertas de su corazón (y otra cosa) todo cambió. Empecé a tener en qué creer. Creía en la mujer, en las mujeres y no se requiere ser un físico matemático para darse cuenta que dando lástima no se consigue mucho en este rubro, así que decidí sacrificar esa postura infantiloide hacia la vida y abrazar otra.

Como era de esperarse, teniendo la estabilidad emocional de un hijo de papás divorciados, no fui lo suficientemente fuerte para afrontar un mundo de posibles rechazos y desamores, por consecuencia dejé de creer en la mujer y seguí creyendo en nada. Nihilismo 2, Rodrigo 0.

Alguna vez Hunter S. Thompson le comentó a un amiguito suyo (según un documental que vi) que sino tuviera la posibilidad del suicidio, se sentiría atrapado en este mundo. Por otra parte hay otro dicho de noséquién que dice que la significancia del hombre es que se sabe insignificante y aún así sigue vivo, o algo así. Yo concibo mi existir como un punto de encuentro entre estos dos positivos y alegres refranes.

Cuándo entré a la magnánima universidad en la que estudio, logré acertarle un gran gancho al hígado al nihilismo que tanto imperaba en mi cuerpecito sensual. Al educarme un poco sobre las ciencias sociales, situaciones económicas y políticas del país, etcétera, me volví militante de izquierda, tenía fe en El Peje, y creía en una ideología política, era feliz, estaba seguro que ya, por fin Rodrigo creía en algo.

El problema reapareció cuándo la educación siguió fluyendo hacía mi esponjoso cerebro, cuándo la realidad nacional alcanzó fuertemente mis ojos y cuándo el espurio presidente robó la elección y cuándo el Peje perdió el piso y se volvió más loco que una cabra. Aunque sigo siendo partidario de la izquierda moderada o centro izquierda ya mi militancia y fanatismo murió cuándo desperté más (aunque he de admitir que estoy enamorado de Fernández Noroña).

Una vez más me encontré sin poder creer en nadie, ya las mujeres no eran problema, caían como gotas en la lluvia, y mi conocimiento y cultura era lo suficientemente plena y llenadora como para darme cuenta que no sirvo para nada y regresar a las creencias religiosas primarias sería como darse por vencido y la música punk ya me aburría.

Woody Allen no pudo haber descrito mejor a la vida que con el chiste que abre su obra maestra Annie Hall: Dos señores viejitas están en un Resort montañés  y una de ellas dice “la comida de este lugar está horrible.” Y la otra responde “Sí, lo sé; y las porciones tan pequeñas.”

Hace unos años no era de extrañarse verme tirado en el sofá viendo televisión basura, comiendo golosinas y rascándome la panza, mientras por mi mente circulaban preguntas sin posible respuesta y contemplaba el suicidio como única posible respuesta total a mi situación. ¿Cuál es mi razón de existir sino creo en nada?. Como para mi creer por creer no era posible, tampoco era existir por mera obligación.

Hasta que uno de esos días en los que mi panza desbordaba y la comida medio masticada me rodeaba encontré a dos personas en la televisión que me dieron esperanza.

El Chicharito Hernández me conquistó desde el primer partido de las Chivas del torneo pasado. Soy futbolero, pero no soy fanático de las Chivas (Tiburón, gracias), sin embargo verlo jugar y luego en la selección y luego en el mundial y luego en el Manchester llena mi corazón de alegría. Es algo que no puedo describir con exactitud porqué el Chicharito me ha logrado sacar de una depresión, tal vez sea envidia de la buena, llevando la carrera que yo siempre hubiese querido tener o tal vez siento que el podrá darme una alegría que por lo pronto parece inconcebible como por ejemplo, un buen mundial o simplemente porque esta guapetón y su sonrisa mata.

La otra persona que hace que sienta que vale la pena vivir aún es Lady Gaga, ¿qué? Pensarán algunos, ¿cómo que Lady Gaga, una cantante poperísima es capaz de alegrarte cuándo tu eres una persona con conocimiento musical profundísimo?. La respuesta no es fácil pero tampoco tan difícil, pero dejémoslo en que toda la exhuberancia y falsa excentricidad (o cómica) de Lady Gaga es una cachetada en la cara a la sociedad que la consume. Lady Gaga es producto del Bubble gum pop de principios de siglo y ha logrado llevarlo  a un extremo tan grotesco como gracioso y sin embargo la gente lo acepta mientras ella se está riendo en su cara y siempre cuándo alguien se ríe en la cara de muchos sin que estos se den cuenta me da un noséqué que me alegra y me llena el corazón de amor.

Sé que puede que Lady Gaga muera pronto y que el Chicharito se le rompa un tendón o un ligamento, y eso me llevará de nuevo a una falta de creencia, de fe y de esperanza de vida, pero estaré bien, no se preocupen, con esta última inspiración aprendí que no es necesario tener un dios, un líder o siquiera pertenecer a un movimiento, con encontrar la belleza en cosas pequeñas, como los goles del Chicharito o los disfraces de Lady Gaga me conformo para seguir aquí evitando el nihilismo sin tener que recurrir al suicidio.