de los frijoles y madres.

escrito por Rodrigo

Todos fuimos niños, hay algunos que esto se les ha olvidado, normalmente afiliados con el PAN, y como niños de limitado comprender universal odiábamos la escuela de nivel primario, era una tortura. Lo más odiable de la escuela era el hecho que era prácticamente imposible evitarla, de lunes a viernes sabías que el martirio empezaba a horas de la mañana que no deberían ser cristianas, es más no deberían ser ni musulmanes, ni satánicas, era inhumano, a sabiendas que después de que ese martirio acabara, venía el de las temibles tareas que a veces ocupaban horas y horas de la tarde tan diminuta en tiempo.

Pero como niños siempre tenemos artimañas y ases bajo la manga para tratar de sortear este sufrimiento. Quién no recuerda los días en que alguno de los compañeritos faltaba a clases y la maestra anunciaba que estaba enfermo, tiene salmonelosis decía, pues qué suertudo chamaco yo quiero una de esas para no venir, era el pensamiento generalizado exceptuando a los desgraciados nerds.

Sin embargo, yo siendo un escuincle con grandes recursos histriónicos lograba de vez en vez sortear las hábiles manos de termómetro de mi Madre y fingir una que otra enfermedad para poder así pasar el día encerrado en mi casa y ver lo que para mi en ese entonces era algo tan misterioso como la existencia de una deidad divina, la televisión matutina.

La culpabilidad era nula, hasta cierta fatídica noche en la cuál aventajándome de un simple cosquilleo en mi garganta quise fingir que tenía la enfermedad más grave jamás existida, más que el SIDA y más que el cáncer juntos. Pero mi Madre, doña Gina tan habilidosa y exitosa que es, estaba al borde de la detección real de mi enfermedad, hueva. Tuve que sacar lo mejor de mi para que me creyera, el asma, aflicción que atacaba usualmente a mi compañero de cuarto y querido hermano mayor, nunca sabré si en verdad tenía futuro para ser actor infantil, pero como se dice en el bajo mundo de las apuestas, compró el bluff, pero el detalle que mi inmadura mente nueveañística no tomó en cuenta fue que era de madrugada y mi tenaz madre, no dejando nunca por muerto a uno de sus hijos corrió hacia alguna de esas novedosas farmacias de veinticuatro horas y me compró el medicamento necesario para tratar mi falsificada enfermedad.

La culpabilidad fue inmediata y tan fuerte que sino mal recuerdo, esta es la primera vez que lo menciono en un foro público, ya que el sólo pensar que mi madre, progenitora de la vida, estaba sufriendo por dentro con temor a que mi bienestar se convirtiera en un malestar respiratorio, nunca me atreví a decírselo, pero espero que después de quince años encuentre dentro de su grandioso corazón perdonar esta vil y ruin acción de mi parte.

Cabe recalcar que mi madre rompe sin piedad alguna el parámetro mexicano de la madre típica inmortalizada de manera excelente por la famosísima Sara García, en la que la abnegación y manejo de culpas de la madre hacia sus engendros es la base de su relación hijística bilateral. Pero lo que sé, que si hoy en día, ya siendo un manganzote que pesa y mide más (un poquito nomás) que ella, nos encontráramos en la misma situación de deficiencias respiratorias ella respondería sin chispar un segundo de la misma forma que respondió en aquél momento de ficción.

Como ella bien me ha enseñado no existe más amor que el de una madre a su hijito (y más si es tan guapito como yo y mi hermanito) y aunque ustedes mis queridos (tres) lectores sabrán, soy un gran detractor de la mayoría de los tradicionalismos, pero quiero aprovechar hoy, 10 de mayo, día de las madres (en México al menos), para agradecerle.

Es difícil no ser cursi o trillado cuando hablo de Mi Madre porque todo lo que ha luchado, sacrificado y hecho por mi y por mi hermano, pone a su fiel pedazodehierroforjado tan débil como una servitoalla. Sin embargo, con toda mi grandilocuencia y con toda la Real Academia de la Lengua a mi lado nunca podría encontrar las palabras mínimamente necesarias para poder describir el agradecimiento que le tengo. Y como aún no tengo un libro qué dedicarte Madre, simplemente te puedo decir que todo lo bueno que he hecho en mi corta vida y todo lo que haré, fue, es y será, totalmente y profundamente gracias a ti, Madre, que me enseñaste que los frijoles y una tortilla a medio quemar es suficiente manjar para el resto de los días, que me enseñaste que la familia es primero pese a todas las cosas, que no sólo me diste la vida sino que trataste que esta fuera cada vez mejor, que me protegiste cuándo lo necesité y que me dejaste libre cuándo quise experimentar mis caídas y que tú, muy a tu modo de mujer total me levantabas. Por cada gota de sudor, por cada lágrima que derramaste, por cada mentada que diste, por cada ida al doctor u hospital fueran falsas o verdaderas y por cada pelea que te echaste encima, por todo esto, soy lo que soy, y por todo eso prometo que no dejaré nunca que pase en vano tu esfuerzo.

Ademdum: De paso felicito a todas las madres de otros escuincles que me han aguantado, ayudado o soportado, Lilí gracias por tratarnos como si fuéramos tus hijos, Tía Oly eres de las personas más especiales y significativas en mi vida, Tía Omaira tu tenacidad hace que me interese más y más en tu género, Abuella tu cocina y tus palabras de aliento hacen que esté gordo y feliz, Tía Laila y Tía Beba hacen que mi vicio por las apuestas sea más y más divertido.

Segundo Ademdum: Una mención particular a todos nuestros políticos, criminales de muchamonta y miembros eclesiásticos, porque ellos no tienen madre.