Linchamiento Consensual.

escrito por Rodrigo

—Buenas noches señor.

—Buenas noches, buenas noches a todos, ¿para qué le soy bueno?

Una turba iracunda se había juntado frente al terruño del Señor Uno, con picos, palos, trinches y antorchas.

—No pos fíjese que venimos a importunarlo un poquito… porque no nos dio dinero esta vez.

Eran alrededor de 37 personas, la mayoría hombres, con sombrero algunos, otros no, pero todos sudando y con caras dudosas.

—Es que son épocas difíciles ¿sabe?, normalmente les doy un poco cuándo puedo lograr hacer que me sobre, pero pues es difícil. Los compradores de la capital ya no me pidieron tanto.

Las caras eran de comprensión.

—Pero oiga, usté sabe que nosotros vivimos de lo que nos da, ya todos contábamos con ese dinerito para que pudiéramos, sabe, pagarnos nuestros lujitos, guaraches nuevos, un machete para Pepe, un pañal nuevo para Rocinda.

Los murmullos de aceptación comenzaron en la turba iracunda.

—Apenas me alcanzó para mi y mis hijas, usté sabe que desde que mi esposa murió en el linchamiento anterior las cosas no han sido fáciles, ya dejé de recibir las ganancias de su prostitución, y usté sabe muy bien que no dejaría que mis hijas preciosas cayeran a esos mundos no cristianos.

—Que el señor la tenga en su gloria.

—Que la tenga en su gloria.

Todos voltearon al cielo. Se persignaron.

—Híjole, pos sabe qué, no nos sirve, en verdad necesitamos de ese dinerito, ¿seguro no hay nada en su hermoso hogar que nos pueda servir?, son cosas básicas que necesitamos, ya sabe, se acercan las fiestas.

—Pos sí entiendo, caballero, pero usté sabe que mi casa es modesta y que lo que tengo aunque sea suyo, es lo básico para, ya sabe, vivir.

—¿No le molestaría que entrásemos un poco, a echar un vistazo?

El Señor Uno se retira del umbral de su puerta cediendo el paso al saqueo. La turba iracunda entra organizadamente.

—Pedro, ya sabes, tu buscas en la cocina, yo busco en los cuartos, los demás vean que se pueden llevar.

—No sean malos, dejen algo para mis hijas.

Paco salió del cuarto de las hijas con manchas de sangre.

—Híjole, perdone usté, pero creo que ya las mataron, usté sabe como es esto de los linchamientos, a veces la gente se deja llevar.

—Sí sí, entiendo, me parece comprensible, que Dios las tenga en su santa gloria.

Todos voltearon al techo. Se persignaron.

—Lástima que murieron vírgenes mis hijas, no pudieron vivir en plenitud.

El novio de una de las difuntas se esconde sigilosamente con una risa burlona.

—¿Qué cree?

—¿Qué?

—No nos alcanza. Digo, fue culpa de usté de malcriarnos así, usté sabe, nos dio todo así de fácil y no es justo que nos lo quite así sin avisar.

—No pos no, pero ¿por qué no le piden un poco al Señor Dos?. Él tiene más que yo, su esposa gana mucho dinero porque es querida del Señor de la Ciudad.

El Señor Dos, un poco apenado, volteó al piso.

—El Señor Dos, con todo respeto, nunca nos dio nada, usté sí.

—Entiendo, no pos ¿cómo quieren que me ponga?

—Así nomás de ladito, mire, lo fácil que entra el cuchillo, perdone usté si le duele.

—Yo entiendo, entiendo esto de los linchamiento, nadie dijo que iba a ser sin dolor.

—Dios lo tenga en su lecho, fue un buen hombre.

—Gracias. Caballero.

El Señor Uno fue acuchillado en el umbral de su casa mientras su casa ardía en llamas.