Estoy bien guapo

Esencia de locura

Agosto 28, 2007

Cobarde, quizá, pero que remedio queda. Cobarde, fue la primera de todas las injurias que recibí al partir. No importa, nada importa, pues no tengo nada que perder. ¿Qué más puede perder un hombre que todo lo perdió? Sólo tengo el dolor y a la distancia que crece cada segundo. Veamos quién se come a quién.

Llevo días en esta máquina, “huyendo” dirían mis incomprensivos allegados. Simpático el asunto, cuando me dediqué a construir vías, detestaba el olor a hollín, impregnado en mi ropa mezclado con el hedor del trabajo de los peones bajo el sol ardiente. Lo detesté, si, pero sólo hay algo que detesto más y es la decepción. Claro lo dijo mi padre. Si no continuaba con el negocio, hinchando las arcas de la familia a expensas de la necesidad de los indios, sería la decepción, pues quien más sino su único vástago para llevar el progreso a toda la nación. Su milagro, como me llamó en ocasiones debido a dificultad de mi concepción. Concepción que le costó la vida a mi madre. Nada que el dinero no pudiera arreglar, una nana de por vida para mí y una nueva y vigorosa cónyuge para mi padre.

Nuevamente, la sonrisa de ironía bajo mi bigote se hace presente. ¿Quién diría que un tren, que tanto odié, se convertirían en mi hogar y mi salvación? ¿Quién? Así son las tretas del destino, o peor aún, las consecuencias de las malas decisiones. Cuatro paredes de maderas finas, con un discreto dormitorio es todo lo queme queda. Tal vez soy pesimista, mejor dicho, exagerado. También tengo dos gigantescos baúles repletos de dinero que conseguí al vender todo, un guardarropa completo, un sirviente que no me cuestiona y un plan simple. Demasiado simple.

¿Mi plan? Como ya dije, es simple, recorrer el mundo en tren hasta donde crea no poder regresar, establecerme y con mi fortuna comprar una discreta casa para llegar al fin de mis días en medio del exceso. Así de simple.

Aún siento decepción, la odio. Decepción, cada instante la siento. Por más que intento distraerme llega a mi, una y otra vez, pero sé que algún se irá. Mientras eso pasa, mi única distracción en este lugar es mirar el paisaje que al pasar de los días cambió de urbanizado a un verde tupido y de ahí a desértico. Si, desierto, mucho calor, y más con mis indumentaria, digna de aristócratas. Camisa, tirantes, chaleco, saco y un sombrero que siempre me ha parecido estúpido, todo, en tonos blancos. La moda. Debo seguirla para no ser juzgado de rebelde. Me sofoco… y siento que mi pecho quema, poéticamente quisiera pensar que es por el desamor, pero se muy bien que es por el maldito calor. Ríos de sudor brotan de mi frente, es por el estúpido sombrero. ¿Por qué usar un sombrero aquí? ¡Ah! Lo olvidaba… la moda y el estilo. Mi pañuelo está hecho un charco, pero uno debe seguir la etiqueta, decía mi padre, y aferrarse al pañuelo.

Evito pensar en ella y en el calor mirando por la ventana. La desventura me invade. Me asquean y me llenan de envidia los pobladores de los alrededores de las vías del tren. ¿Cómo puede un niño mugroso, medio desnudo, descalzo sobre la tierra hirviente de un desierto saludar con tal felicidad a un tren?¿Cómo puede sonreír en medio de tal miseria? Tal vez sea por su ignorancia, o por que es lo único que le hace saber que existe algo fuera de su desagradable pueblo.

Ignorancia. El mal del hombre, solía decir un viejo maestro en la escuela de ingenieros. En estos momentos daría lo que fuera por ser ignorante. Realmente se ven felices, y sus penas parecen curarse con minúsculos placeres como una botella de aguardiente, una prostituta, un plato de comida y ahora el pasar de un tren. Si, sé que sufren, pero preferiría mil veces un dolor físico causado por un azote, un golpe o el hambre a lo que ahora me atormenta. A los pobres les duele el cuerpo, a los ricos nos duele el alma. Lo que me faltaba, mi única distracción se ha convertido en un tormento también. Trataré de dormir. En un horas debo cambiar de tren.

Mi mozo me despertó y ya cambié de tren, después de una ducha en los pestilentes baños de la estación. Este viaje se hace cada vez más miserable. La compañía ni siquiera tienen servicio de cabinas privadas. Sólo pude conseguir un primera clase. Espero que mi acompañante no sea un pesado.

El tren hace una parada en un pueblo polvoriento y por la ventana puedo ver a un par de serpientes comiéndose una a la otra. Instantáneamente recordé una ocasión en la que azote a un indio, o no recuerdo bien, pero por algún motivo dijo: “Perro no come perro”, no se por que lo dijo, pero parece ser que víbora si come víbora. Chistoso, pero dormiré otra vez.

Ahora ha regresado el verde de los paisajes, lamentablemente, llegó con un montón de compañeros estúpidos que no saben hablar de otra cosa aparte del clima. El clima, el clima, que demonios me importa a mí, ya sé si está agradable o caluroso. Odio a la gente que no soporta el silencio e inician conversaciones burdas a partir del clima. ¿No les basta un buenas tardes y luego preciosas horas de silencio? Y si no bastara, llegan con sus presuntuosas sonrisas que los hacen ver más tontos de lo que ya aparentan. En un par de días aprendí que la verdad me evita palabras vacías. Cada vez que me han preguntado por el motivo de mi viaje en remotas provincias, sólo contesto la verdad, vine a morirme lejos. Con eso me dejan en paz diez minutos y luego cambian de carro. Tarados.

Mi fama de malhumorado, excéntrico o loco corrió rápido por el tren y me regaló privacidad, sólo uno que otro recién llegado caía en mis aposentos para ser tratado con el desprecio que se merecen.

Parece que mi plan está funcionando, estoy más lejos que nunca, olvido poco a poco y muero rápido. Perfecto. Todo bien, hasta ahora. Llega ella, hermosa, fina y fémina. En otras circunstancias la habría hecho presa de mis deseos, pero no hoy. No mañana. No más.

Es curioso, algo en ella me es familiar y es la primera persona en días que se conformo con un “buen día”. Abstraído en mis pensamientos, el silencio se rompe con su voz.

-Disculpe, podría cerrar la ventana, el polvo de estos pueblos me resulta incomodo.

Accedí sin chistar, que mas da, si con eso me deja pensar otra vez, no pierdo nada. Al escuchar el crujido de la ventana cerrándose, me invadió, llegó a mi. Ese olor. Lo conozco, me resulta familiar. ¡Alexa!

Alexa, la protectora… protectora que me abandonó, ¿que hace aquí? No es ella. La miro una y otra vez. Hermosa sin duda, pero, ese olor, que esencia, no puede ser igual.

-Disculpe…¿Que fragancia usa usted?…Su olor me es familiar, por no decir bien conocido.

-Lo siento, no uso ninguna, no estoy acostumbrada a esas burdas modas francesas.

¿Qué? No es posible, mi Alexa no usaba ninguna tampoco, debe ser una coincidencia, alguna broma de mal gusto de algún sastre que utilizó el mismo corte de telas de ropa o un desliz de mis sentidos que me reclaman por exponerlos a tales condiciones. Algo. Su esencia es única. No me la puede robar. No puede oler igual que ella.

¿Por qué? ¿por qué en este lugar tan recóndito, apareces tu, para recordar de que huyo?¿Por qué me recuerdas a ella con tu olor cuando yo mismo había creído que venia a morir y olvide olvidar?¿Por qué me destruyes mi ilusión?¿Por que? Debo olvidar.

Enciendo mi pipa, para que el humo del tabaco y marfil con cenizas escondan la fragancia. Inútil. Me ha robado la atención. Podría tener un chiquero de cerdos en mis narices y seguir detectándola. Debo haber perdido la razón. Un demonio. ¿Por qué? Si, un demonio, es lo único que podría producir estas visiones. He perdido el alma y Dios me castiga con demonios, es la única explicación. Única. No… detente, eres hombre de ciencia, no existe tal cosa como Dios o demonios, ¿o sí? Debo detener esta tortura, no vine sufrir hasta acá. Se robó la esencia de Alexa, ¡Timadora puta desvergonzada! ¡Me traes la pena y te mofas de mi desventura! pagarás. La esencia, tu esencia, es la de mi Alexa, que es mía y de nadie más. De nadie será…

Diez años han pasado desde la última vez que vi a Alexa, la protectora, mi protectora. Diez años menos unos días desde aquel grito delator que me trajo aquí. Lo perdí todo, pero gané lo que mas quería. Nunca más sabré de Alexa, ni ella de mi, pero aquella fría doncella me regaló su aroma, el por qué de mi dolor, el que vale la pena sufrir, el que ella sufrió mientras la estrangulaba hasta la muerte. Todavía, después de tanto tiempo, en este manicomio, entre gritos de tortura y locura, entre heces, entre mis propias inmundicias, se filtran fragmentos de su olor. Olor, que activa mi sentidos o mis demencias, pero que en cada respiro dirán Alexa, hasta mi último estertor.

Escrito por Malva |


2 Comentarios »

  1. yeeeeeeeeeeeeeee

    Comentario por krist — Septiembre 20, 2007 @ 9:40 pm

  2. Oraaaaaaaaleeeee…mejoran tus cuentos.

    Comentario por Ommm — Septiembre 29, 2007 @ 2:40 pm

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