Estoy bien guapo

Segundo Acto.

Junio 25, 2007

Alegres cánticos de aliento y pronta victoria inundan mi cerebro en forma de pópulo enardecido siendo yo el centro de la atención de aquellas voces las cuales a la vez de enorgullecerme e inflar mi pecho de egocentrismo maltrecho me empequeñecen y me llenan de pavor.

La hoja en blanco pura e inocente como una virgen por primera vez en una cama ajena me espera a que pase mi siempre errante pluma sobre de ella para marcarla por el resto de su existencia siempre con un temor magno como el sol de no ser lo suficientemente bueno para ella, para la inmortalidad.

Ahora tengo pánico escénico, mis manos sudan, mis ojos ven hacia todos lados y hacia ninguna parte al mismo tiempo y mi cerebro no puede pensar más antónimos, homónimos, sinónimos y conónimos. Todo por la simple misión de entretener mi objetivo artístico adolescente de comer de las letras y no sólo en forma de sopa.

Heme aquí con el fulgor del monitor en mis ojos a madrugadoras horas escribiendo ciertas dificultades que me atacan al querer expresar algo meramente humorístico, dramático o romántico, lo cual se convierte en una paradoja digna de estudio filosófico ya que este ataque de inseguridad nocturno es lo que por este momento está salvando la sequía verborréica en la que me encontré hoy sucumbido al tener la hipotética y virgen hoja en blanco en mis manos.

Los alegres cánticos siguen sonando.

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Bang. Bang.

Caigo. Pienso en ti.

Mismas caras de siempre y como siempre ajenas a mi, me ven y las veo retorciéndose en la infinidad de su inexistencia. Simples y carnales no existen más que dentro de su ego devoción. Yo, yo camino una vez con rumbo indeseado existiendo sólo cuando te apareces en mi, en mi mente, en mi corazón.

El sol aún brillaba con una tenue luz que asemejaba a la luz que emite un tren dentro de un túnel que viene directo hacia ti y tu no puedes huir, más bien, no quieres huir, estás harto de vivir bajo la presión de lo que sabes que viene, un suceso indeseable anunciado con anterioridad.

Cada paso me cuesta, cargo con el mundo en mis hombros por la displicencia de las masas, ellos me ven siendo su pilar y no hacen nada pero no me miran, ven hacía el vacío que es su vida. Aún no quiero dar el siguiente paso, no estoy listo, espérame, ven conmigo, no quiero irme solo.

Sólo existo cuando pienso en ti.

Mientras no exista no puedo ser destruido, mientras no exista no puedo morir.

Llegué al punto decisivo. Al doblar esa esquina me esperaba mi destino. Bang. Bang. Yo sabía que venía. Bang. Bang. Mis píes cuales plomos eternos pesaban, no por temor, sino por la indiferencia de todos que pavimentó mi destino final. Bang. Bang. Hubiera podido evitarlo dejando de existir, no pensando en ti, pero cuál es la razón de existir sino pienso en ti.

Bang. Bang.

Caigo. Pienso en ti. Existo.

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… de rosario.

Junio 14, 2007

Había sido una noche sin emociones ni exaltaciones, me encontraba tranquilamente recostado en mi lecho nocturno esperando que el dulce néctar del sueño se vertiera sobre mi. Ella, por su parte, desconociendo mi estado aún consciente, salió de su guarida como cualquier otro día a jalar, a conseguir alimento para sus crías y tal vez, sólo tal vez a divertirse un rato paseando por rumbos poco familiares.

La vi, ella no me vio. No supe que hacer, no era la primera vez que me encontraba en una situación de estas, con ella en frente de mi, sin sospechar mi presencia ya que mi cuerpo cual piedra se mantenía inmóvil. La adrenalina comenzó a correr por mi cuerpo, su diminuta pero temible existencia estaba a menos de un metro de distancia, tenía que actuar… pero ¿cómo?.

Mis pies se encontraban desnudos sin pudor alguno, no podía simplemente pisarla, ya podía imaginar el hórrido crujido debajo de mis impúdicos píes, no era factible. Me estiré y logré conseguir un zapato, me puse de píe y me coloqué justo detrás de ella sin que lo notara.

Me abalancé sobre ella con mi rústica y rudimentaria arma en mano para lograr aplastarla y acabar con su inútil existencia pero sus seis patas lograron ser más rápidas que mi agotado y enviciado cuerpo y logró escapar, se quiso esconder detrás del buró. Empecé a entender su plan de ataque. Quería mi cama. Era su objetivo, mi dulce y tersa cama. No lo iba a permitir, decidí tomar justicia por mi propia mano.

Me armé de un arsenal y de la indumentaria necesaria para cazarla, una escoba en la mano derecha, un atomizador en la otra, zapatos de bota alta y mi total disposición de asesinarla. ¡Maldita sea! no iba a dejar que ella viniera con sus actitudes comunistas a tratar de compartir mi cama. Me dirigí hacía el susodicho buró armado de valentía… sigilosamente me asomé en el lugar de su escondite, ahí estaba, campante, tratando de atacar mi lecho nocturno, ¡perra!. Con todas mis fuerzas tomé la escoba y cual jugador olímpico en esteroides la lancé hacia ella, pero una vez más logró escapar con rumbo indefinido. Maldita sea.

Pasé dos horas removiendo y alzando lúgubres espacios dentro de mi recinto real, fracasando en el intento de cazarla, ya el sueño estaba teniendo su efecto sobre mi cuando decidí rendirme.

Pese no haber logrado mi cometido decidí congratularme con una refrescante lata de soda pero al llegar al refrigerador me encontré una vez más con ella. Había desistido de la misión de apoderarse de mi cama, una vez más la tenía enfrente de mi. Estiré mi brazo y logré alcanzar algo, una manzana, la arrojé con todas mis fuerzas pero fallé y le pegué a Gregor. Ganó esa batalla, pero cometió un garrafal error, me mostró donde estaba su guarida.

Gracias a los contactos que tengo en el bajo mundo árabe conseguí unas armas químicas y ni tardo ni perezoso bombardeé su hogar y por fin me pude ir tranquilo a dormir. Al día siguiente pasé por el área de batalla y encontré su cuerpo sin vida, junto al de toda su familia, víctimas colaterales.

Descanse en paz, buen y fiel enemigo.

—Para Charo.

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Era un día como cualquier otro dentro del cuerpo de Malva. El hígado sufría de las insolentes cantidades de alcohol recibidas, los pulmones sentían que eran parte de una jornada laboral en una mina de carbón, el cerebro luchaba contra todo tipo de impacto fuerte recibido para así no perder las pocas neuronas que quedaban. Un día común y corriente dentro del cuerpo de Malva, dónde la lucha por la salud y el vicio era el combustible para seguir adelante.

Sus órganos tenían una relación de amistad muy profunda ya que desde que recuerdan han estado juntos, sufriendo de los mismos males y placeres, de las mismas felicidades y tristezas. Gozaban de un lazo que pocos tenían y que muchos envidiaban. La armonía que se daba ahí adentro era casi perfecta. Casi, porque siempre hay un oveja negra que tiende a destruir todo lo bello y hermoso de la existencia.

Nunca supieron a qué se debía su alienación de todos los demás, los demás órganos nunca sintieron que fueron malos con él, tal vez sufría de algún tipo de desorden social, pero desde siempre fue señalado como el desadaptado.

—Se avecinan problemas— dijo el cerebro con un tono extrañamente sobrio, —tenemos que prepararnos—. Todos los demás órganos quedaron contrariados, no sabían a lo que se refería el magnánimo cerebro.

—Pero ¿a qué te refieres?— preguntó el corazón —yo me siento bien, y creo que todos nos sentimos bien, vivimos en un estado de perfecta armonía y solidaridad, no veo porque habría que salir algo mal… todos sabemos que al hígado le quedan fácil otros cinco años de vida útil—.

—Alguien de nosotros nos traicionará, antes del amanecer atacará a nuestro armonioso biorritmo— advirtió el cerebro.

Debido a que los órganos del cuerpo de Malva no estaban acostumbrados a la sospecha, no se les ocurrió pensar en el único que no estaba integrado. Sí, aquél que nadie sabía para que funcionaba y que era un desadaptado. El apéndice vermiforme.

Los rumores decían que tan sólo era un vestigio evolutivo y que por ello no tenía función alguna dentro de Malva. El páncreas lo solía molestar de que sólo era una tubo sin salida del ciego, que no era más que una extensión de una extensión, todos reían, el apéndice sólo se quedaba callado en su lugar. Las amígdalas bromeaban con el estómago de como ya ni la glándula pineal era inútil, entre ellos reían en voz baja.

El cerebro se encontraba descansado después de un arduo día de cálculos aritméticos sencillos, cuando éste fue despertado por un ruido inesperado.

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