El corazón.
Enero 31, 2007
–Nuestra relación siempre fue así, afróntalo y acéptalo –dijo ella sin siquiera hacer el más burdo de los gestos, pero sé que nunca antes había estado tan feliz de realizar algo en su vida.
No siempre fue así. No. Aún recuerdo cuando una sonrisa en su boca era algo común, un ruido sin sentido podía arrancarle carcajadas por horas y horas, sus mejillas se ponía rojas como tomates y podía ver la escasez de dientes dentro de su boca. Creo que nunca le dije que recordaba todo esto.
–¿Lloras? –exclamó con desdén–, ¿Tu? ¡Bah!, tú no tienes derecho a llorar, no me importa que te esté pasando esto, ¡no tienes derecho!.
Gotas de sangre caían cual compás sobre los azulejos del piso formando un pequeño charco.
Aún recuerdo el día que entré en esta casa por primera vez, tú no existías aún, ni si quiera estabas en los planes, mínimo no en los míos.
–Te ves cansada.
–No es fácil estar en esta situación –como siempre de sarcástica–, pero es necesario.
Sí, lo merezco, y sí, lo noté. No sabía que se llegaría a este punto, pero sabía que algo no estaba bien desde un tiempo atrás, su sonrisa era algo inexistente, creo que ni ella misma la recordaba. Pero nunca pensé que esa mañana llegaría con un cuchillo. Nunca pensé que fuera a hacerme esto.
No intenté detenerla. No fue temor, no fue incredulidad. Ella quería esto, y ya le había quitado muchas cosas en la vida como para negarle una más. Lo merecía. Tal vez fue el exceso de trabajo, la poca atención que le di o el no saber afrontar la pérdida de su madre. Tal vez fueron las ganas de moldearla como yo quería y no dejarla ser. No lo sé, pero sé que algo hice para merecer esto.
La sangre seguía goteando, era hipnótico.
–No me arrepiento –comentó retomando un poco de energías– estoy feliz de hacer esto.
Sucedió, una lágrima escurrió sobre su mejilla, mientras lentamente recostó su cabeza sobre la mesa, estaba cansada.
Era una mañana como cualquier otra, yo estaba leyendo el periódico del día mientras desayunaba. La estaba esperando para llevarla a la escuela. Bajó de su recámara aún en pijama.
–¿Por qué aún no estás lista? – le grité – ¿Qué no ves que se me hace tarde?.
Ahí fue cuando vi que sus ojos eran diferentes, no eran inseguros y llenos de temor como solían. Eran firmes y decididos. Supe que ese era el día. En su mano sostenía un cuchillo y lo apuntaba directo al corazón.
Ese día era el día en que su madre había muerto siete años atrás.
–Es hora de hacer esto y quiero que lo sufras.
No dije ni una palabra.
El cuchillo entró directo al corazón, lentamente. Podía oír y sentir como la piel, el músculo y los huesos se iban desgarrando lentamente. El ruido era infernal y a la vez placentero, como un árbol que cae en cámara lenta a un centímetro de ti.
Su cabeza seguía recostada sobre la mesa, sus lágrimas ya habían hecho otro pequeño charco. Yo sé que hasta ahora no se arrepiente de haberlo hecho. Era su salvación. El corazón roto dejó de latir. El cuchillo no rompió el corazón. Simplemente le dio fin al sufrimiento.
El corazón roto era su corazón roto.
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cero cero siete más dos mil.
Enero 4, 2007
El año nuevo colgaba del cuello de mi camisa en forma de unos anteojos color rosa, llevaba sólo cuatro horas del año en curso habiendo roto ya mi propósito de ese año ya que en la mano izquierda sostenía un cigarro que consumía lentamente mis pulmones, en la mano derecha sostenía cual soldado en batalla sujeta su fusil un vaso de ron barato el cual desde ocho horas antes se encargaba de matar mis neuronas y ponerme en un estado etílico cómodo, mientras mis labios abrazaban el popote que permitía la ingesta de Jägermeister que se encontraba al centro de la mesa siendo compartido por mis amenos compinches.
Ahí me encontré al año nuevo, después de cuatro horas de haberlo vivido, sin saber aún si sería mejor que aquel viejo que aún no acababa de despedir.
Pese a ser una tradición completamente arbitraria, celebramos el deshecho de nuestro almanaque cuyas hojas se vieron perdidas en los botes de reciclaje y hacemos una tímida inversión en uno nuevo con terminación cero siete. ¿En verdad la suerte de la que he gozado los últimos 365.2425 días puede cambiar porque hace mucho tiempo a un cristiano que lo más probable no tuviese novia decidió que hoy, este día era justo el día en que un nuevo ciclo comenzaba? En verdad no lo sé, pero como somos animales tradicionalistas, nos encanta creer que sí.
A final de cuentas, me encuentro como cada cuarto día alcoholizado, sólo que con mejores ropas y en un lugar con más gente que a su vez está alcoholizada como cada cuarto día sólo que con mejores ropas, abrazando a las mujeres y dándole la mano a los hombres y el típico golpecito respetuoso en las espalda mientras repito cual autómata la típica frase. Feliz año nuevo.
El año muerto, viejo, anterior, decrépito nos dejó como los maridos golpeadores, misóginos y abusivos dejan a sus mujeres abandonadas. Confundidos, apendejados, medio adoloridos, sin saber bien que pensar y con un sospechoso ardor en nuestros genitales. Pasamos por peligros nacionales, fraudes electorales, maestros subversivos y muertes de dictadores, mientras que yo sigo igual tratando de llegar al horizonte, con el corazón roto, con un tío menos, con hambre de conocimiento y soñando despierto más veces de las que es mentalmente sano.
Y ahí sigo yo, cómodamente alcoholizado bajo el yugo de los retumbantes altoparlantes del club nocturno, el año nuevo colgaba del cuello de mi camisa y una vez más digo “Feliz año nuevo”.
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