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Sufriendo nalgatitis desde principios de siglo.

del Drogadicto y sus talentos

A veces se me olvida que vivo en México, no porque se me olvide la pobreza, el machismo, la violencia, los presidentes, los incómodos, los cómodos, los ricos, los pobres, los más pobres, los paupérrimos, los tacos, las tortas, la injusticia, la impunidad, la tradición, en fin, todo lo que se traduce en México, no, no se me olvida ya que siempre lo traigo presente, incómodamente, pero presente.

Pero se me olvida que vivo aquí porque estoy en una zona de comfort bastante amplia, zona la cual sólo se reduce a un sector mínimo de la conurbación que hoy en día es Monterrey, de mi casa a la escuela, de la escuela a mi casa, de mi casa a embriagarme, y todo se vuelve un círculo gustoso de placeres hedónicos y superfluos que me encanta. Sin embargo existe un pequeño tramo de recorrido cotidiano que me recuerda dónde vivo.

Río Nazas es una calle que une una parte con la otra, un recorrido que no toma más de cinco a 20 minutos dependiendo el tráfico, que ni está tan mal (podría estar peor) ni está tan bien (podría estar mejor), pero la esencia de esa calle es México. Taquerías que venden carne de partes de vaca que no conozco, verdulerías ajenas a WAL*MART y sus clones, gente cruzando la calle con tráfico pesado a pesar de tener un puente peatonal justo arriba, iglesias, inseguridad, cantinas y vulcanizadoras, todo el escenario perfecto para que me sienta en una novela de Miguel Ángel Asturias con toda la incomodidad.

Alguna vez hace unos años vi a un señor con ciertas parálisis corporales y espero, ciertos retrasos mentales, tratar de bajarse de la acera para poder cruzar la calle, caerse de boca al asfalto, vi como sucedió todo, en cámara lenta. Me dejó un mal sabor de boca y siempre que paso por esa calle lo recuerdo como alguna película tenebrosa.

Sin embargo últimamente me he encontrado con algo que ha reanimado mi interés por esa calle, como una vía mágica e interesante. Un drogadicto que hace malabares.

Rodrigo; dirán ustedes mis no lectores fieles, cómo asumes que es un drogadicto, pues, les respondo mis atentos amigos que es obvio, su brazo tiene más agujeros que la propia calle o que aquél amigo cacarizo de la prepa que todos tuvimos, si le sumas la temblorina que lo acompaña a todas horas y sus ojos perdidos en un limbo de piedra, heroína y demás drogas, se puede asumir con cierta seguridad que estamos hablando de un drogadicto. Pero como dije, no cualquier drogadicto, es un drogadicto que hace malabares.

La magia recae en muchos aspectos, primero que nada, siendo drogadicto, tiene toda la posibilidad y excusa (dentro de mi visión progresista de la vida) a ser un asaltante, ladrón o prostituto para mantener su vicio, pero éste no, él, después de que toda su vida ha sido consumida en el vicio, él sigue ahí, en el semáforo, haciendo malabares con naranjas.

Por otra parte me pone a pensar en su vida, ya que no son los típicos malabares que los típicos malabaristas callejeros hacen con dos o tres limones o cuatro naranjas o pelotas de tenis, lo que sea a su alcance, no señores, este compadre maneja lo que viene siendo las cinco naranjas al aíre, haciendo trucos de fantasía que ni en el más recóndito de mis sueños circenses lograría hacer gracias a mi precaria habilidad psicomotriz. Sin embargo él lo hace con el handicap tremendo de sus adicciones, necesidades y hambres (en plural porque es mucha hambre).

A lo largo del tiempo que lo he observado he logrado con mis habilidades deductivas crear su historia, se las relato:

Josué (así lo llamo yo) viene de una familia circense de abolengo, junto con los hermanos Atayde, los Ringling Brothers y Jean Baptiste Cirque Du Soleil. Siendo él el hijo primogénito, se esperaba que fuera el siguiente portavoz de la tradición circense regiomontana, tenía todo a sus píes y en bandeja de plata, elefantes que domar, leones que quitarle los dientes, payasos que lo hicieran reír y contorsionistas que le hicieran el favor de desvirgarlo a una edad y de una forma en la que pudiera presumirle a todos sus amiguitos de la secundaria. Pero como dijo el tío de Spiderman, con todos los dones vienen muchas responsabilidades (es lo bueno de ser inútil) y mi querido Josué no fue capaz de afrontar con esas responsabilidades. Los niños viéndolo, esperando que él hiciera lo suyo para que ellos en su egocentrismo infantil pudieran cumplir sus fantasías precarias de lo que un show de entretenimiento debiera ser le llegaron, y dada su fama internacional tenía acceso a las drogas que lo destruyeron.

Y así Josué con todo su talento acabó demacrado, sin mujeres sensuales y sin fama, simplemente siendo un drogadicto que hace malabares en una esquina de Río Nazas, pidiendo simplemente unos cuantos pesos para conseguir su siguiente dosis.

Aunque, como dije, nunca se me logra olvidar todos los pesares de la mexicaneidad a veces me encuentro perdido en un limbo de comodidad e inseguridades intelectoliterarias, pero a veces me topo con un drogadicto en una esquina de Río Nazas que hace muy bien los malabares y me recuerda que todo esto vale la pena, y que vale la pena luchar por todo esto y por más. Ese es el verdadero talento del drogadicto.

de Sherezada y sus mierdas.

La errante forma en la que me manejo como escritor puede tener mil y una explicaciones, tan aburridas y monótonas que ni Sherezada estaría dispuesta a contarlas y preferiría dar su virginidad al Jeque gordinflón que la tiene como prisionera.

Por otra parte, justo hace unos minutos atravesando una crisis light, como me gustan llamarlas, me encontré en una encrucijada que ya es tan vieja que me aburre. Si no escribo, no voy a ser escritor, claro, puedo decir que soy escritor, que me encuentro haciendo una obra maestra que cambiará los paradigmas literarios conocidos por la humanidad, que hará ver a 100 años de soledad como un libro demasiado complejo, largo y aburrido y Juan Rulfo como un pelele que no supo numerar capítulos. Podría decirlo, tendría un aíre místico y con mi soberbia capacidad de manejo humano podría convencer a todos, incluso a mecenas de que en verdad estoy escribiendo, y que sí, será algo maravilloso que los hará millonarios el día que muera.

Esperando que en la muerte sea reconocido como Marcel Proust, tener mi En Busca del Tiempo Perdido (aunque nunca lo he leído, está muy largo) y algunos intercambios de correo con otros personajes importantes de la historia, entrarán a mi computadora y buscarán y buscarán y buscarán, sin éxito, habré logrado engañar a todos los que creyeron en mi, creyeron en verdad que esto de ser escritor era más que sólo una forma de apegarme al estilo bohemio y desobligado que tanto me agrada por su simpleza. Cayeron redonditos, pobres ilusos, porque sólo encontrarán medio haikú, tres párrafos (que cabe destacar, escritos excelentemente con pretensiones gigantescas) que no llevan a nada, sin ilación, así también se podrá recuperar todo lo que los últimos nueve años he escrito inconsistentemente en la basta internet (prefiero llamarlo en femenino para no sentir que toda mi vida la he compartido con un hombre) y hasta ahí compadres, no hay más, no hay ni En Busca del Tiempo Perdido, ni la rotura de paradigmas, ni nada de eso, simplemente aún soy escritor por nombre pero no por oficio. Triste ¿no?.

Aunque como dije, soy excelso en la manipulación de las personas y mis relaciones humanas no podrían ser mejores, creo que engañar durante los 15 años que me quedan vida a toda persona que conozca e interactúe conmigo suena demasiado complejo y cansado y la verdad es probable que esté muy crudo o quiera ver algo en la tele como para andar pensando en esas cosas.

Entonces, hagamos algo queridos no lectores, ustedes hacen como que me leen y yo hago como que escribo, cabe mencionar que dada los últimos recibimientos de los ejercicios literarios previos no fueron tan bien recibidos, manejaré con toda la astucia y pretensión del mundo, temas tal vez más actuales, filosóficos que nos atañen como seres humanos, con el típico tono de comedia sardónica que tanto me caracteriza.

A resumidas cuentas, esto es una forma de decirles que creo que voy a regresar a escribir, empezando por esto.

Linchamiento Consensual.

—Buenas noches señor.

—Buenas noches, buenas noches a todos, ¿para qué le soy bueno?

Una turba iracunda se había juntado frente al terruño del Señor Uno, con picos, palos, trinches y antorchas.

—No pos fíjese que venimos a importunarlo un poquito… porque no nos dio dinero esta vez.

Eran alrededor de 37 personas, la mayoría hombres, con sombrero algunos, otros no, pero todos sudando y con caras dudosas.

—Es que son épocas difíciles ¿sabe?, normalmente les doy un poco cuándo puedo lograr hacer que me sobre, pero pues es difícil. Los compradores de la capital ya no me pidieron tanto.

Las caras eran de comprensión.

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Manifiesto.

Tal vez es pretencioso de mi parte hablar de cambiar el mundo, éste ha sido una mierda en todo su transcurso y quién soy yo para decirles qué hacer para tratar de mejorarlo. Vivimos en una época dónde lo efímero se ha vuelto lo cotidiano. Gracias, pero no gracias. Como dije, siempre hemos estados envueltos de mierda gracias a nosotros. Muy hobbsiano el asunto. Yo me destruyo a mi mismo, mientras todos nos destruimos a nosotros mismos. Siempre han habido grandes artistas para recordárnoslo, como el despertador que tanto odias cada mañana que te recuerda sí, es otro día más. A veces me frustro. Existencialista o no, han habido mejores y peores, más mejores que peores, que se han encargado de decírnoslo, sin embargo, con Hobbes y todo, seguimos en la mierda, sólo que ahora es efímera.

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Yaneli habla de los domingos.

Yaneli tiene ocho años, es un niña bonita que le gusta usar un moño en la cabeza porque dice que así parece un regalo para todas las personas que ve. Yaneli tiene ocho años, ya se le cayeron dos dientes y los guardó de bajo de su almohada para que el ratón Pérez le dejara un poco de dinero, pero ella se pregunta como es que un ratón tiene dinero. Yaneli tiene ocho años, su segundo nombre es Vianey pero no le gusta que le digan Yaneli Vianey porque así le dice su mamá cuándo está enojada y le dan ganas de llorar. Yaneli tiene ocho años, ya ahorró 100 pesos para comprarse la nueva barbie pero ahora que los tiene le parece que es un gasto tonto si ya tiene muchas barbies igualitas. Yaneli tiene ocho años y sus papás dicen que es muy inteligente pero ella siente que nomás lo dicen porque es su hija.

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Documental del Hombre. Capítulo Uno.

El ligue.

Siempre se ha preguntado qué hace en lugares como ese, trae zapatos incómodos, ropa cara que está arriesgando a que se queme porque está entre muchas más personas de las que deberían ser permitidas ahí, si con estar apretado no bastara, está a oscuras y a veces ponen luces que lo ciegan, apesta a humo de cigarro y hace calor, y también la música que no le fascina del todo (pero la baila) está a volúmenes que destruyen poco a poco sus tímpanos. Está en una disco. A veces el comportamiento de su generación va más allá de su limitada comprensión, no sabe exactamente cómo haya sido en las anteriores pero lo que él hace por adecuarse a los estándares sociales de sus contemporáneos le parece ridículo, pero lo hace porque no conoce más, lo hace porque sabe que si no lo hiciera se perdería de la aceptación social que tanto vale.

Un aspecto importante en la vida del hombre dentro de esa sociedad es ligar, y ligar se refiere a conquistar a una mujer, pero a diferencia de lo acostumbrado en otras especies, lo cuál es con fines reproductivos, esta conquista se refiere más a un fin de estatus. Mientras más mujeres se ligue un hombre, más hombre es. La disco es el lugar de conquista, dónde las mujeres van a mostrarse y los hombres a ligarlas.

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No Tiene Nombre. Capítulo Uno.

Contexto.

Vivo en un país único, Sin Nombre, dentro de él me ubico en un estado, Cualquiera, en ciudad Importante. Aunque Cualquiera es un estado importante, Importante se vuelve cualquiera después de ver la sucesión de eventos poco afortunados pero seriamente premeditados por Papas. Yo soy un cualquiera y aunque cualquiera puede entrar en los Papas (en rangos bajos) no cualquiera lo hace porque no todos los cualquieras se animan. La verdad es que Sin Nombre se ha quedado sin nombre, todo lo que pasa parece un gran y sádico chiste mal contado, sí, de esos chistes que una persona que tú sabes que es buen comediante empieza a contar (y tu todo emocionado porque sabes que te vas a reír mucho) pero luego, por la cantidad de alcohol que ese alguien trae encima se le olvida el chiste y otro pelele que sabes que es un hígado y no cuenta un buen chiste lo termina (y te molesta que te hayan arruinado el chiste) y como ese pelele no sabe contar un chiste, otro arrogante, pedante, presumido llega a explicártelo con un desdén soberbio (como si te estuviera diciendo estúpido es tan obvio) pero al final de cuentas sabes que ni él le entendió bien, sí, Sin Nombres se ha vuelto de esos chistes tan malos. Y sí, mi plan es contártelo aún peor.

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Nalgatitis.

Antes de empezar, antes de que todo comience como lo ha sido en otros tiempos, antes de que vuelva a vertir mi verborrea en una hoja en blanco digitalizada es necesario que haga una dedicatoria a una de las pocas (tres o cuatro) personas en mi vida que en verdad afectan mi comportamiento y forma de ser.

Desde aquél verano que aún recuerdo como tortuoso, caluroso y que me tenía al borde del precipicio, hasta justo ahora en este momento, existen un número limitado de constantes dentro de mi ya de por sí limítrofe vida, y esta ha sido la Nalgatitis (como dijo Cela), o sea, el dolor en la nalga, en este caso, en ambas (dos) nalgas.

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